Parece que en México (y en otros países) parece una manda agarrarse de algo o alguien para hacerlo su “puerquito”. Es decir, una persona o un tipo de personas a quién achacarle todo.
Casi todo grupo postula a su su “bufón”, y en la relación de agandalle de uno va claramente el subordinar a otro a ser el chalán o el objeto de bromas y carrillas de los demás.
Pareciera algo que está impreso en la forma de relacionarse de los mexicanos (y probablemente de habitantes de otros países), el identificar al ‘eslabón más débil’ e intentar humillarlo y descalificarlo para sentirnos el que domina, y así nos sentimos muy fregones.
En el caso de grupos sociales, tribus urbanas y sectores de la población, desde luego tampoco se salvan. Pareciera que México siempre tiene la necesidad de burlarse de alguien: que el indio, que el homosexual, probablemente en los ’70s fue del hippie, hace unos 5 años -como en otras partes del mundo- fue el emo y actualmente es el ‘hipster’.
Desde luego, una gran cantidad de las personas ni siquiera se preocupan en saber qué se supone que es un ‘emo’ o un ‘hipster’, se basan solamente en las apariencias para discriminar, y sienten que no necesitan más. Jamás llegan a preguntarse ni siquiera por qué se supone que está mal de ser uno.
Si tienes pelo negro y crecido o alguna vez sales a la calle con ropa de ese color, probablemente te griten ¡emo! Si usas lentes de cierto tipo, eres un ‘hipster’. Así, sin cortapisas. Tan pronto encuentra uno, el mexicano vulgar se dedica a una cosa: A señalarlo. Se señala al emo porque es emo, al hipster por que es hipster. O porque ya por una seña visual supone que lo son. Punto.
Claro, como son algo diferente a lo “normal”, o como son un bicho raro nuevo, sigo la corriente y los señalo: “¡Pinche hipster!”. ¡Y qué bueno que yo no soy como él! ¡Qué divertido! ¡Qué bien se siente!












