2012

Ehécatl

Los hombres blancos de cabello dorado son sólo bestias, asesinos. Han traído muerte y peste a nuestras tierras.

Hace veinte días que somos cautivos en nuestra propia ciudad. Los caminos, puentes y ríos están bloqueados. Somos más fuertes, rápidos y resistentes pero la carencia de agua y alimento ha doblegado nuestros cuerpos, aun así nuestro espíritu se mantiene firme.

Con pasos imprecisos y cautelosos camino entre las viviendas. Trato de no pisar sobre la sangre derramada de mis hermanos pero es casi imposible. Mi alma se llena de vergüenza y rabia al ver la desolación y percibir el olor a muerte en las entrañas de mi pueblo. Dentro y fuera de las casas encuentro hermanos heridos y enfermos. Lamentos, llanto.

Los hombres que vinieron del mar, aquellos con coraza de metal y promesas de amistad saquearon nuestro templo y mutilaron nuestra paz. Sacarlos de la ciudad costó muchas vidas. Mis manos ayer creaban color y vida, estaban abiertas a la naturaleza y al arte, hoy se han convertido en eternos puños cerrados, masas punzantes de dolor y venganza.

En mi memoria está intacto el esplendor de mi pueblo, sus calles fulgurantes de vida, colorido y armonía, su gente laboriosa y amable, su historia, su magia… hoy sólo son eso: memoria. Caigo sobre mis rodillas implorando a los dioses su prometido regreso, la respuesta es un murmullo conocido, una avalancha de furia que hace temblar la tierra. Levanto la mirada y están ahí, bajando por la pendiente como una jauría de coyotes hambrientos. Sus cabezas de acero se cuentan por miles.

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